Archivo del Autor: admin

Crónica del Huerto Escolar: 8ª semana

Crónica semanal sobre los trabajos en el huerto escolar del Aula Apícola.

Octava Semana: 5 de marzo

Mientras subíamos al huerto, íbamos diciendo ¡qué día tan hermoso, parece que por fin ha llegado la primavera! El sol resplandecía sobre las hojas de las encinas y las jaras como si estuvieran bruñidas por un platero. Y las coles, las lechugas y las cebolletas que plantamos hace dos semanas, era como si de repente hubieran dado un estirón… Para estirón, el que han dado nuestros gazapos. Están irreconocibles.

Bueno, antes de estas emociones, habíamos ido al vivero a efectuar algunas compras: más lechugas, cebollas, y semillas de zanahorias, para ir completando algunos espacios vacíos de nuestro huerto. Compramos también las patatas de simiente, que, si el tiempo lo permite, sembraremos la próxima semana. Debemos aprovechar la frescura que tiene ahora la tierra.

En primer lugar y para poner a tono nuestros músculos, nos dedicamos a mullir la tierra de los bancales vacíos, que, con las lluvias continuadas, había criado una ligera costra. El bancal que tenemos reservado para la siembra de las patatas y que le habíamos incorporado abono, ha quedado a punto de caramelo. También mullimos la zona de las plantas aromáticas, a la vez que le escardábamos algunas hierbas que comenzaban a despuntar entre ellas… ¡Qué agradecidas son las aromáticas! Nada más que las tocas, te regalan todo su aroma.

Sembramos las zanahorias en un extremo del bancal número tres y, para que la tierra mantenga la humedad facilitando la germinación de la simiente, la cubrimos con una capa de paja… Ah, y la sementamos como mandan los cánones: previamente, retiramos unos quince centímetros de tierra, echamos un buen manto de estiércol, y volvimos a cubrirlo con la tierra que habíamos retirado. Sobre ella pusimos la semilla. De esta manera, una vez que comience a nacer, tratará de buscar los nutrientes del abono y crecerá hacia abajo, que es lo que pretendemos.

huerto escolar

Por fin, hemos podido colocarle el techo a nuestro invernadero, con la colaboración del viento, que hoy nos dio una tregua. Dentro de él colocaremos los contenedores de las espinacas, que ya están empezando a nacer.

 José Núñez López

Peripecias de un apicutor novato (II)

Episodio segundo. La primera colmena.

De manera que me encontré con el enjambre que había visto mi madre colgado de una rama de la higuera. Yo no sabía qué hacer con él, pero mi madre estaba allí entusiasmada para orientar mis primeros titubeos y no dejarme flaquear. Estaba  segura de haber vencido mi resistencia y, aunque bien a mi pesar, fue en aquel momento cuando comenzó mi aventura de apicultor.

-Tienes que buscar unas tablas para hacer una colmena –me dijo-. Cuando las tengas, yo te diré cómo hacerla.

Yo no veía manera de encontrar unas tablas. Así que no se me ocurrió mejor idea que arrancarlas del tablado del pajar, que había sobre el establo de las vacas. Es lo que se dice “desnudar un santo para vestir otro”. Mi madre dedujo inmediatamente la procedencia, pero, ilusionada por convertirme en apicultor, hizo la vista gorda. Con un viejo serrucho corté las tablas como ella me iba indicando, las clavé entre sí haciendo una especie de cubo y, siguiendo sus instrucciones, le coloqué las dos crucetas interiores. Y a última hora de la tarde el enjambre ya estaba a buen recaudo. Me sorprendió la facilidad con que aquel montón de abejas se fue acomodando ordenadamente en la nueva colmena.

colmena rustica

colmena tradicional de tablas

En septiembre de aquel año, ya pudimos probar los primeros panales de la nueva colmena. Os aseguro que sentí un orgullo extraño, desconocido, al poder ofrecer a mi familia la miel de mi cosecha. Mi madre me observaba con un gesto de orgullo en su cara, porque estaba segura de haberme convertido para la causa. Aquella rústica colmena permaneció al lado de la higuera todavía un par de años, como testigo y memoria de mi conversión.

Pero mi desconocimiento de las abejas continuaba siendo total. De manera que comencé a solicitar a las editoriales cuantos tratados de apicultura tuvieran en sus catálogos. Así fueron llegando: “La Abeja y la Colmena” de Langstroth,  “ABC y XYZ” de Root,  “La colmena Dadant” de Ch. Dadant, “La Colmena rascacielos” de M. Dugat, “El cuidado de las abejas” del P. Lacassia, y tantos otros que ya ni recuerdo.

Consecuencia de los conocimientos de estos libros, fue el descubrimiento de la colmena moderna, hasta comprender que, si pretendía conseguir algo positivo, tenía que seguir las técnicas movilistas. Localicé una Casa de material apícola en Madrid, “La Moderna Apicultura”, de la que por cierto me hice un cliente asiduo. De allí recibí por ferrocarril un ejemplar de su colmena “La Perfección”, que me serviría de modelo para la construcción de otras cincuenta más. Esto, a pesar de mi entusiasmo o tal vez por exceso de celo, me supuso innumerables quebraderos de cabeza…

 Pero de ellos os hablaré otro día, si creéis que vale la pena.

José Núñez López

Crónica del Huerto Escolar: 7ª semana

Crónica semanal sobre los trabajos en el huerto escolar del Aula Apícola.

Séptima Semana: día 26 de febrero

«Hoy ha amanecido nevando, y, cuando llegamos a nuestro huerto, estaba bajo una ligera capa de nieve y no hemos podido realizar las tareas que teníamos programadas. Sufrimos una pequeña decepción, aunque tampoco eran labores de máxima urgencia. Así que dedicamos la mañana a organizar el interior del aula y el museo, que, a decir verdad, también lo necesitaban.

Hacia el final de la mañana, el sol hizo una leve aparición, consiguiendo que la escasa nieve se derritiera totalmente. Lo cierto es que a nuestro huerto no le ha venido nada mal. Las lechugas, las coles y las cebollas que habíamos plantado la semana anterior, se mostraban ahora relucientes como recién salidas de la ducha.

 Creo que nuestra familia conejil también debió de notar el ligero aumento de la temperatura, porque la madre y sus cinco gazapos estaban despatarrados al sol sobre la paja del corral. Se hallaban tan adormilados, que los estuvimos contemplando durante un buen rato sin que se dieran cuenta de nuestra presencia. Y comprobamos lo que han crecido en tan pocos días y la cantidad de pelo que cubre todo su cuerpo. Apenas se les ven los ojos. No pudimos menos de recordar lo que dice Juan Ramón Jiménez de su Platero: “Es un burro pequeño, peludo, suave y tan blando por fuera, que se diría de algodón y que no tiene huesos….”

 Si tuviéramos que describir a nuestros conejillos, no podríamos hacerlo de otra manera. Así que ya podéis imaginaros cómo son.

 Esperamos que la próxima semana sea más propicia para nuestras labores.»

José Núñez López

Conejos en el huerto escolar del Aula Apoícola Sierra de Hoyo

pequeño, peludo, suave y tan blando por fuera, que se diría de algodón y que no tiene huesos…

El vuelo de las abejas.

El vuelo de las abejas ha sido hasta hace poco un misterio para los expertos, porque según las leyes de la aerodinámica las abejas no deberían poder volar, debido a las pequeñas dimensiones de sus alas en relación con su cuerpo. Pero evidentemente, vuelan. En este artículo, intentaremos explicar cómo lo hacen.

Las alas de las abejas.

Nos preguntaba el otro día un visitante sobre el número de alas que tiene una abeja. Pregunta aparentemente fácil, pero no tanto, porque mucha gente piensa que tienen dos, cuando realmente son cuatro.

Efectivamente, son dos pares de alas, uno a cada lado del cuerpo, los que posibilitan el singular vuelo de las abejas. Estos dos pares de alas, están adaptados para mantener un vuelo rápido, pero también para soportar una carga, matiz imprescindible para las tareas de recolección, que es uno de los principales objetivos del vuelo de las abejas. El segundo par de alas es de menor tamaño que el primero, y estando la abeja en reposo se encuentra plegado bajo el primero. Cuando la abeja emprende el vuelo, «despliega» este segundo par de alas, y lo engancha al primero mediante una serie de garfios.

las alas de las abejas

Ambos pares de alas, están reforzados por una serie de nervaduras por cuyo interior circula la hemolinfa (la sangre de las abejas). Las alas, en contra de lo que pudiera pensarse, no tienen músculos propios, siendo sus movimientos producidos por los músculos del tórax, que es donde se insertan al cuerpo de la abeja; la contracción alternativa de los músculos transversales y longitudinales es lo que hace que las alas se muevan arriba y abajo.

el vuelo de las abejas

Sección del tórax de las abejas

Desde hace muchos años se viene diciendo que, desde el punto de vista teórico, las abejas no deberían poder volar, pues según el tamaño de sus alas, el peso de sus cuerpos y la aerodinámica conocida, los cálculos dicen que su vuelo no es posible.  Según los cálculos, el problema fundamental radica en que sus alas son tan pequeñas que no deberían producir suficiente sustentación durante el vuelo. Pero es evidente que vuelan.

El misterio del vuelo de las abejas

El mecanismo aerodinámico que da respuesta a esta pregunta, era un misterio hasta hace poco, y ha sido descubierto hace poco por investigadores del Instituto Tecnológico de California. Es básicamente el siguiente:

A diferencia de otros insectos voladores que baten las alas entre los 145 y 165 grados, las abejas las baten menos de 90 grados pero lo realizan a mucha velocidad, a una frecuencia de 230 aleteos por segundo. Utilizan un patrón mixto de aleteo menos eficiente que el aleteo amplio y más lento de otros insectos a pesar de su necesidad de volar lejos en busca de alimento y volver, pero al mismo tiempo pueden conseguir mayor sustentación cuando la necesitan, como al llevar cargas pesada como el néctar y el polen.

La razón de la velocidad anómala del aleteo de las abejas es sencilla, y viene determinada por sus propias necesidades, dado que las abejas dedican gran parte de sus vuelos a permanecer suspendidas en el aire, ya sea mientras recolectan el néctar o polen de las flores, ya sea en maniobras de aterrizaje, en las que el tremendo peso que deben transportar se convierte en una dificultad añadida.

La técnica de las abejas, que ha sido calificada de insólita, consiste en que “el ala se mueve hacia atrás en un arco de 90° y mientras vuelve hacia delante va girando. Dicho proceso se repite doscientas treinta veces por segundo. […] Se parece a una hélice en la que, además, la paleta rotara”, según explica un miembro del equipo de investigación.

El descubrimiento de esta singularidad, podría ayudar a los ingenieros aeronáuticos a diseñar hélices más eficientes o aeronaves de alta maniobrabilidad.

La velocidad del vuelo de la abeja

Según el investigador austriaco Karl von Frisch, la abeja melífera puede llegar a alcanzar una velocidad máxima  de 29 km por hora cuando vuela sin carga desde la colmena hasta su fuente de alimentación, y con viento en calma. Aunque por supuesto, esa velocidad se reducirá si el vuelo de la abeja se produce cargada de néctar o polen. A modo de referencia, cabe aquí indicar que una persona  que no es atleta profesional puede correr a una  velocidad de entre 25 a 29 km por hora durante unos cien metros, por lo que en caso de que nos persiguiera una abeja, es fácil que nos acabase alcanzando.

¿Y en comparación con otros insectos? Para amenizar un poco esta entrada, os invitamos a ver este simpático vídeo de la serie de animación Minuscule, donde un caracol, una avispa, una mariquita, una mosca, una libélula y una abeja de la miel compiten por ver quién es más veloz. ¿Quién creéis que será el ganador?

carrera insectos

 

 

 

 

 

Haz click aquí para ver el vídeo

Crónica del Huerto Escolar: 6ª semana

Crónica semanal sobre los trabajos en el huerto escolar del Aula Apícola.

Sexta Semana: 20 de febrero.

Por fin, febrero nos ha dado un respiro. Desde primeras horas de la mañana abrió de par en par las ventanas al sol, tal vez dándonos a entender que ya estaba cansado de incordiarnos con sus cambios de humor. Hoy nos daba una tregua, bendito sea. A las diez y media estábamos en el huerto cargados con las plantas y semillas que habíamos comprado la semana pasada. Pedro y Rayón también parecieron alegrarse con nuestra presencia.

La tierra de los bancales se encontraba relativamente enjuta, salvo la que se hallaba al resguardo de los durmientes, que todavía conservaba restos de helada. Sin embargo, al cabo de una hora, el sol ya se había encargado de licuarla. El estiércol que le habíamos incorporado anteriormente hacía que en conjunto se mantuviera esponjada y amorosa al tacto. Decimos al tacto, porque la tierra es como la piel de un ser humano: el agricultor debe palparla para comprobar si devuelve caricias o esquiva nuestro contacto. Sólo así nos demostrará si se encuentra en buen tempero.

Sin más preámbulos, nos pusimos a la tarea. En el bancal número 1, plantamos cebolletas y sementamos rabanitos de dos clases diferentes. Nos quedan pendientes la siembra de espinacas y la plantación de cebollas seruendas.

En el bancal número 2, hemos plantado coles, cebolletas y lechugas. Con esta labor, tenemos totalmente completo este bancal. Sin embargo, aunque parece que todo está terminado, nos quedan a lo largo de la primavera los trabajos de mantenimiento, que no son menores: mullido, escardado, riego, etc. Vamos, lo que sucede con un coche, por ejemplo.

En el bancal número 4, el de las aromáticas, completamos los pies que se habían  perdido o, más bien, que habían devorado los conejos. A decir verdad, hemos de reconocer que los pobres también tienen derecho a su parcela, para eso se pasan el día a la expectativa… Ah, bien, al mismo tiempo que reponíamos las faltas, le incorporamos a éstas y a las demás una porción de abono suficiente. Suponemos que nos lo agradecerán cuando llegue el mes de abril.

En un rinconcito, al lado de las aromáticas como le corresponde, sembramos el perejil. Hacerlo en otro lugar, sería una especie de menosprecio, y creemos que no se lo merece… ¿Qué buen chef es capaz de prescindir del aroma del perejil en su cocina?

Hasta la próxima semana, si continuáis con nosotros.

José Núñez López

Huerto escolar del Aula Apícola Sierra de Hoyo

Trabajando en el bancal nº 2

Peripecias de un apicultor novato (I)

Como sabréis si leéis de vez en cuando nuestro blog, desde hace unas semanas el padre de Clara, Pepe, nos está ayudando con las tareas de acondicionamiento de nuestro Huerto Escolar. Quizás estemos abusando un poco de su buena disposición a colaborar con nosotros y de su afición a escribir (aunque sabemos que en el fondo le hace ilusión), y le hemos pedido que nos cuente también sus experiencias como apicultor, que lo fue y durante muchos años en su Galicia natal. Este, es el primero de sus relatos.

Peripecias de un apicultor novato

Episodio primero.

Yo he sido apicultor durante más de cuarenta años, y ahora mis hijos, Clara y Nacho, me han pedido que cuente mis peripecias de principiante. Tengo 80 años y dicen que a esta edad nos gusta rememorar nuestras aventuras del pasado, porque creemos que han sido excepcionales. No es éste mi caso, pues más bien creo que las mías pertenecen  al común de los mortales. Aún así, os cuento.

Jamás se me había pasado por la imaginación dedicarme a la apicultura. Pero no porque mi madre dejara de recordarme de cuando en cuando que en su familia siempre había habido alguien que se dedicara al cuidado de las abejas. Me hablaba con frecuencia de su tío Joaquín, que fuera maestro y había tenido colmenas, hasta que un accidente lo dejó inválido y hubo de abandonar profesión y colmenas. Recuerdo que algunas veces hasta me llevaba al terreno del viejo colmenar y me mostraba restos de corchos y maderas en descomposición, que habían pertenecido a las antiguas colmenas. Creo que trataba de inocularme el veneno de la apicultura, aunque, muy a pesar suyo, no lograba hacer mella en mi desinterés.

Pero, cuando menos lo esperaba, intervino el azar. Tenía yo veintitrés años y trabajaba en las oficinas de una Empresa, que estaba construyendo en nuestro pueblo una central hidroeléctrica. Era el mes de abril y calentaba ya la primavera. Cuando regresaba a casa después del trabajo, mi madre me esperaba en la puerta mostrando en su cara gran excitación. Tomándome de la mano, me acercó a la vieja higuera que había al fondo del huerto.

-Mira, Pepe –me dijo emocionada-, mira lo que cuelga de esa rama….

-Y ¿qué es esto, madre? –contesté mientras contemplaba aquella bola negra.

-¡Un enjambre, no lo ves, hijo, un enjambre enorme! –trató de aclararme.

-Y ¿qué quieres que haga yo con él, madre? –le pregunté un tanto desconcertado.

-Hay que hacer una colmena, pues no podemos dejarlo escapar. Los enjambres levantan el vuelo al día siguiente, nada más que calienta el sol…

Acababa de recibir la primera lección de apicultura por parte de mi madre y aquella noche me costó coger el sueño, pensando en cómo salir de aquel enredo. Pero, sin que yo me diera cuenta, ella ya me había clavado el primer aguijón de los muchos que habría de soportar a lo largo de mi actividad de apicultor…

En el próximo relato os contaré cómo di forma a la colmena que quería mi madre.

José Núñez López

enjambre como el hallado por el apicultor novato

 

Crónica del huerto escolar: 5ª semana

Crónica semanal sobre los trabajos en el huerto escolar del Aula Apícola.

14 de Febrero de 2.014

Tal vez hayamos oído lamentarse a nuestros abuelos de que “el labrador siempre está llorando, o por duro o  por blando”. Nos parecería que se quejaban de vicio. Nada de eso. Los agricultores, entonces más que ahora, vivían con un ojo en la tierra y otro en el cielo. Y, si tenían la desgracia de topar con un mes de febrero tan voluble como éste, sus quejas no dejaban de tener justificación.

Si seguís nuestra web, sabréis que tenemos los cinco bancales de nuestro huerto dispuestos para sementar y plantar. Pero, a decir verdad, esta semana apenas hemos llevado a cabo labor que valiera la pena, pues, igual que a nuestros abuelos, también nos ha tocado llorar, aunque, más por blando que por duro, ciertamente. ¡Pobrecillos, cuantos febreros como éste habrán tenido que soportar…!

Por lo que a nosotros toca, gracias que aprovechamos la semana pasada para sementar las habas y los ajos. Al menos es una labor que nos quitamos de encima… Ah, por cierto, ayer cuando subimos a la finca, comprobamos que nuestros ajos estaban asomando ya sus primeras hojitas entre la nieve, como si fueran pequeñas orugas o las cabezas de unas lombrices verdes. A juzgar por lo que hemos visto, creemos que se cumplirá aquello de que “por marzo tres hojitas tendrá el ajo”.

El huerto escolar del Aula Apícola Sierra de Hoyo, nevado.

Hoy ha amanecido con una lluvia menuda y persistente, que hacía desaconsejable andar hurgando en la tierra. Pero en un huerto nunca faltan tareas. Nos fuimos al vivero en el que solemos abastecernos para nuestro huerto. Nos gusta éste  porque lo tienen todo muy ordenado y localizas rápidamente lo que necesitas. Hemos comprado: coles, cebollas y plantas aromáticas para reponer algunas que faltaban, como romero, lavanda y tomillo. De esta manera, teniéndolas a mano, en cuanto el mal tiempo se despiste lo más mínimo, procederemos a plantarlas.

Bueno, aprovechamos también el viaje para traer pienso para Pedro y Rayón. Cuando salíamos con el coche, nos miraban por encima de la cerca y parecían decirnos: “Eh, chicos, acordaros de nosotros”. Y claro que nos acordamos, no fuera a suceder aquello de que “acabose la paja y murió el burro que la tronzaba”.

Oh, ya se nos olvidaba. Hemos descubierto que nuestra coneja madre no tiene sólo dos, sino cinco gazapillos. Debió de coincidir que los había sacado a todos al recreo…

Hasta la próxima semana, si os apetece.»

José Núñez López

Recuerdos de olor a miel (I)

Jornadas envasando o etiquetando tarros de miel con mis hermanos o amigos de la infancia, momentos de trabajo a solas con mi padre fabricando  o reparando colmenas, mis primeras visitas al colmenar, la castra de las colmenas, percances con las abejas,… son muchos los recuerdos que, con más o menos nitidez, me vienen a la memoria. Recuerdos de mi infancia y adolescencia, ligados a trabajos puntuales propios de cualquier explotación apícola familiar, como la que durante años mantuvo mi padre en «La Ladera».

Durante los próximos meses, intentaré ir contando en este blog algunos de ellos.

Recuerdos de olor a miel (I)

Haciendo memoria el otro día sobre los primeros recuerdos que conservo de mi relación con la apicultura, me vinieron a la mente multitud de imágenes de mi infancia, todas relacionadas, como no podía ser de otro modo, con la explotación apícola que por aquel entonces tenía en «La Ladera» mi padre.

Creo que los primeros recuerdos son de la castra de las colmenas, operación consistente en cosechar la miel, que mi padre solía acometer durante nuestras vacaciones de verano, en agosto. Aunque era una tarea que se repetía anualmente, y en la que a lo largo de los años colaboraron también viejos amigos de mi padre, la primera que recuerdo, aunque vagamente, fue con mis hermanos, mi abuela y mis tías. El recuerdo, en su conjunto, es el de una entrañable jornada de trabajo familiar.

Recuerdo estar metido en una de las habitaciones que llamábamos «cuartos de la miel», en la casa de «La Ladera». Uno de ellos era la sala de extracción, donde estaban los extractores centrífugos, así como una rudimentaria pila con agua para enjuagarse la miel de las manos. Los extractores, que hoy forman parte de la colección del museo del Aula Apícola, eran dos: uno de manufactura casera fabricado por «el tío Carlos», y uno más moderno, de cinc, de La Moderna Apicultura. En el otro «cuarto de la miel», estaban los maduradores, grandes bidones metálicos de doscientos litros donde se almacenaba la miel para su posterior envasado, y la báscula para pesar la cosecha. Piezas, todas ellas, que aún conservo a pesar del paso de casi cuarenta años y que forman hoy parte de nuestra colección.

Recuerdo a mi padre y a Julián, el guarda de la finca, venir de las colmenas con las cajas repletas de cuadros con miel. Yo los veía venir desde dentro del cuarto, por la rendija que dejaba la puerta entreabierta, o a través de la rejilla metálica que impedía que las abejas entrasen por la ventana, abierta debido al sofocante calor, y que proporcionaba la única iluminación del cuarto. Recuerdo a mis tías, mi madre, mi abuela  y a María, la guardesa, repartiéndose en la penumbra de la habitación las tareas de desopercular los panales para que la miel pudiera fluir fuera de las celdillas, selladas con pequeños opérculos de cera por las abejas para proteger el alimento que allí habían almacenado, las de extraer la miel dándole a la manivela del extractor, y las de transportar los cubos que se iban llenando con la miel que caía del extractor, a los maduradores del cuarto contiguo. Mi hermano, mi hermana y yo, supongo que estorbaríamos más que otra cosa, pero recuerdo la ilusión que me hacía que mis tías me dejasen darle a la manivela.

Recuerdo el ajetreo, el zumbido de las abejas, el suelo pringoso por la miel que inevitablemente caía al suelo, y la expectación cada vez que mi padre volvía de las colmenas con un nuevo cargamento de miel. Avanzado el día, tras volver de uno de esos viajes a las colmenas, imagino, sería interpelado con cierta esperanza de dar por concluida la jornada: ¿queda mucha?. Aunque eso, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es el olor a miel y a cera, que quedó grabado en mi memoria hasta el día de hoy, igual que quedó grabado en la de Clara, mi compañera en la vida y en el Aula, que vivía experiencias similares a más de cuatrocientos kilómetros, en Galicia.

Y es que si hay un olor en mi vida capaz de evocar recuerdos, y siempre bonitos, es sin duda el olor a miel. Un olor, capaz de impregnarme la vida.

Nacho Morando, 16 de febrero de 2.014

Extractor de miel

El viejo extractor de La Moderna Apicultura

 

Crónica del huerto escolar: 4ª semana

Nueva crónica sobre los trabajos semanales realizados en el huerto escolar del Aula Apícola.

5 de febrero 2014.

«Después del día tan lluvioso de ayer, la mañana de hoy había amanecido propicia para las labores del huerto. El sol brillaba en lo alto y era como si nos gritara desde una ventana abierta de pronto: “Venga, venga, no seáis perezosos y aprovechad el día, que de estos vais a tener pocos…”

Pero todavía nos aguardaba otra sorpresa. Grata sorpresa, desde luego. Nada más abrir el portón de la finca, dos gazapillos peludos y vivarachos correteaban sobre la hierba de los alrededores del huerto. Nuestra coneja madre, que había parido hace unos días, le permitía ya a su prole correr alguna aventurilla fuera del corral. “¡Ay, si los pudieran ver los niños…!” gritamos emocionados. Pero, claro, con nuestros gritos huyeron despavoridos.

Gazapos en el hurto del Aula Apícola

Debíamos dejar de un lado las emociones y continuar las labores de nuestro huerto. Aunque, a decir verdad, también estas pequeñas sorpresas forman parte de nuestras tareas hortícolas. Sin embargo, había que tener en cuenta las advertencias del sol. Así que nos pusimos manos a la obra y, tras remover de nuevo la tierra que teníamos  destinada para los ajos en una parte del bancal nº 1, nos pusimos a sementarlos, esperando que se cumpla aquello de: “Por marzo tres hojitas tiene el ajo”.

Un tercio, aproximadamente, del bancal nº 2 lo utilizamos para sembrar las habas o “fabas”, como dice el envase. Sí, ésas que se suelen llamar “habas gallegas”, no sé por qué razón, pero que son muy ricas en hierro y otros minerales. A cuenta de la fotografía de las vainas de estas legumbres que figura en el envase, se nos ocurre que “Las habas son madres multíparas, pero cuidan a sus hijos en cunas separadas”.

Intentamos colocarle el plástico a nuestro invernadero, pero se levantó un viento tan revoltoso, que nos hizo imposible ajustarlo a los soportes que ya teníamos colocados. ¿Quién lo iba a decir, después de una mañana tan radiante? Sin embargo, no perdimos el tiempo. Como algunos durmientes de los bancales se hallaban un tanto despanzurrados por el peso de la tierra, dedicamos el tiempo a enderezarlos y alinearlos de nuevo. Era una labor necesaria.

Cuando bajábamos, una bandada de buitres revoloteaba sobre los Picazos. Pero el viento era tan fuerte, que daba la sensación de que les impedía tomar tierra. Bueno, a no ser que estuvieran haciendo parapente…

Os esperamos la próxima semana.»

José Núñez López

Senda de las abejas

La senda de las abejas del Aula Apícola Sierra de Hoyo, es una de las unidades de contenido de la Senda Temática, que también incluye otras unidades sobre flora, fauna, geología y usos tradicionales.

Se trata de un recorrido circular, en el que mediante paneles informativos se da al visitante una completa visión de la vida de este insecto, probablemente uno de los animales más estudiados a lo largo de la historia. A lo largo de la senda, el visitante irá conociendo poco a poco desde los tipos de abejas que hay ó su morfología externa, hasta su compleja estructura social, sus órganos de los sentidos ó sus sorprendentes sistemas de comunicación.

Explicación personalizada

En caso de que la visita sea guiada, un monitor les acompañará durante la senda, explicando en cada una de las estaciones de información la unidad correspondiente, y respondiendo cuantas dudas puedan surgirle al visitante.

De este modo, el recorrido podrá ser desde una amena explicación en movimiento para los más pequeños, hasta una charla  más especializada, en función de la voluntad y conocimientos previos de los visitantes.

SENDA DE LAS ABEJAS HOYO DE MANZANARES

Senda de las abejas, y algo más …

El propio recorrido de esta senda de las abejas da lugar a que la actividad se convierta en un agradable paseo en el que además de la explicación, el visitante disfrutará del entorno, y tendrá ocasión de conocer esta singular Reserva Natural, e incluso ver a algunos de los animales que en ella viven, o descubrir sus rastros.

Como complemento a la senda de las abejas están el jardín de flora melífera, donde los visitantes conocerán algo más sobre algunas de las plantas usadas en la zona para elaborar la miel, y la estación de polinización forestal, donde el visitante podrá conocer más a fondo la importantísima labor que la abeja melífera desempeña en la naturaleza y en la conservación de la biodiversidad.

Y como colofón a la actividad cabe la posibilidad de  hacer una visita al colmenar didáctico, donde los visitantes podrán ver en una colmena viva todo lo que previamente habrán aprendido durante el recorrido de la senda de las abejas. Por supuesto, convenientemente protegidos mediante vestimenta adecuada.