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memorias del apicultor novato 16

Peripecias de un apicultor novato. El final de un sueño.

Peripecias de un apicultor novato: “El final de un sueño”.

La producción siguió marchando para Sarria, pues mi clienta continuó siéndome fiel y yo su abastecedor responsable.

Sin embargo, cada vez me resultaba más osado cruzar aquel paso a nivel. Me parecía que, cada vez que lo hacía, apostaba a cara o cruz mi vida. No podía quitarme de la cabeza la imagen de aquel camionero que, muchos años antes, se lo había llevado por delante el tren haciéndolo papilla. Así que tomé una de las decisiones de mi vida. Después de quince años en aquel nuevo emplazamiento, decidí deshacerme de mis pupilas. Dije adiós a tiempos de enjambres, trasiegos, colmenas rascacielos, pillajes, fabulosas cosechas, viajes por las riberas del Lor… Os aseguro que necesité valor.

memorias del apicultor novato 16

El camino hacia el paso a nivel sin barreras, en la carretera de Quereño a Sobredo.

Lo hice vendiendo a precio alzado todo el colmenar y los utensilios propios del oficio a dos hermanos jóvenes y entusiastas de un pueblo vecino. No quise saber más ni de ellos ni del paradero de mis colmenas. Les perdí la pista y no sé en qué han podido terminar, o si realmente terminaron en algo. “Si quieres que algo se convierta en un sueño, olvídalo”. Recuerdo que, cuando vinieron con su camioneta y fuimos cargando las colmenas una tras otra, no pude evitar emocionarme. Fue como si llevaran a miembros de mi familia a un territorio desconocido, en el que no sabía lo que les esperaba. Aún más, fue como si me despojaran de algo muy querido y entrañable por mi incapacidad para conservarlo. Cuando la camioneta abandonó, casi de noche, el colmenar y me correspondió contemplarlo totalmente vacío, me pareció un territorio devastado y en ruinas.

Eran muchos los recuerdos vividos y se los habían llevado de un día para otro. Todavía seguí durante bastante tiempo acudiendo a aquel lugar de vez en cuando. Tal vez alguien considere esto que digo un tanto ridículo o “sentimentaloide”. Pero esto sólo podrá comprenderlo quien lo haya vivido. La realidad es que, definitivamente, puse punto y final a aquel largo capítulo de mi vida, azaroso, entrañable y, si queréis, también rentable… Aunque, os aseguro, que esto último nunca fue el motivo, sino la consecuencia.

Antes de dar por finalizados estos episodios de mi vida de apicultor, quiero hacer aquí una referencia inevitable al destino. Jamás hubiera podido imaginarme que mis hijos Nacho y Clara habrían de ser los continuadores de este oficio maravilloso, a través de su “Aula Apícola Sierra de Hoyo”. Supongo que el hecho de que, tanto el padre de Nacho como yo, el de Clara, hubiéramos sido apicultores, hayan podido influir en tal decisión. Sería cuestión de analizarlo. Pero existen venenos que actúan muy lentamente o son de efecto retardado. Por parte de Nacho tal vez él mejor que nadie pueda detectar el origen de tal envenenamiento. Con referencia a mi hija Clara, quién sabe si el origen de su contaminación haya tenido lugar en aquel veneno que, hace más de sesenta años, me inoculó mi madre, con aquel enjambre colgado de la rama de una higuera.

De cualquier manera, bendita afición. Desde aquí, si en algo he podido influir en vuestra afición, me pregunto: ¿qué más puede desear el regato que camina hacia el mar, que ver crecer las flores en donde su caudal roza las orillas? No todos los ríos dejan huella. Depende muchas veces de la velocidad con que circule el agua…

Os deseo toda la suerte del mundo, Clara y Nacho, en esta empresa fascinante que estáis llevando a cabo. Sólo os pido que busquéis en esta tarea el regocijo del espíritu y el contacto con la naturaleza. Lo demás se os dará por añadidura. No desistáis.

Un abrazo a los dos con todo mi afecto. Pepe.

Madrid, 3 de marzo del 2015

Peripecias de un apicultor novato. Cambio de residencia.

Peripecias de un apicultor novato: episodio decimoquinto.

Aquel invierno de principios de los ochenta cayó agua a raudales y las torrenteras desbarataron el camino de acceso a mi colmenar. Repararlo por mi cuenta me hubiera resultado demasiado costoso y, aunque se trataba de un camino vecinal, las entidades locales de entonces sobrevivían de mala manera y carecían de recursos. Hubiera resultado inútil exigirles su reparación. Era tal el estado de degradación del camino, que me hubiera sido imposible transitar por él con mi R-6 y, sin éste, yo no podría efectuar las numerosas idas y venidas para el laboreo que requerían más de sesenta colmenas. Así que no tuve más remedio que tratar de localizar otro emplazamiento más cómodo.

Llevaba ya muchos años en aquel lugar y, si me exigís mayor precisión, creo que, aún a costa de equivocarme, fueron unos veintitrés. Aquel sitio era ya para mí algo entrañable, como puede ser para un niño el pueblo en donde ha nacido y ha pasado su infancia. Allí habían tenido lugar mis mayores vivencias de apicultor novato. Me resultaba algo tan familiar, que me costaba levantar el vuelo…

Pero no me quedaba otra salida. No tardé demasiado en encontrar otro nuevo emplazamiento. Se trataba de la amplia oquedad que había dejado la explotación de un antiguo banco de arena vegetal, próxima al río y rodeada vegetación típicamente mediterránea como cantueso, jaras, tomillo y alguna que otra joven encina. Dada la proximidad del río, se denominaba aquel lugar “El Pozo Negro” y en los alrededores comenzaban a surgir jóvenes y elegantes choperas, que, sin impedir la entrada del sol,  hacían de parapeto contra los vientos del sur.

No obstante, existía un inconveniente no despreciable y éste no era otro que un paso a nivel del ff. cc. Si dada mi relativa juventud (unos cincuenta años) lo consideré entonces superable, con la torpeza natural del paso de los años y el recuerdo permanente por parte de mi familia del peligro que suponía cruzarlo, habrían de ser razones más que suficientes para obligarme a abandonar definitivamente la actividad apícola. Y no penséis que por el cansancio de ser apicultor, sino tal vez por el desánimo para volver a cambiar de emplazamiento. Era ya la cuarta muda. De todos modos, no fue tan inmediata mi decisión, pues para ello tuvieron que pasar al menos otros quince o dieciséis años.

apicultor novato 15

«a últimos de febrero se cubría totalmente de amarillo y anunciaba con su aroma la proximidad del colmenar ya a bastante distancia»

Recuerdo que, cuando llevaba en ese lugar dos o tres años, al regresar de vacío de uno de mis innumerables viajes de vendedor y pasar próximo a una plantación de mimosas, arranqué un plantón y lo enterré al lado de mi colmenar. Con los años se fue haciendo grande y echando tal cantidad de retoños, que ya a últimos de febrero se cubría totalmente de amarillo y anunciaba con su aroma la proximidad del colmenar ya a bastante distancia.

Aquel lugar terminó siendo también un lugar de esparcimiento de mis hijas. Muchas tardes de domingo, nos íbamos toda la familia y disfrutábamos respirando el aire limpio bajo el zumbido de las abejas. De esta manera, fueron familiarizándose presencialmente con la recogida de enjambres, la colocación de las alzas y la cata. Todo lo que permitía, naturalmente, su participación o su presencia sin exponerlas al dolor de los aguijonazos. Por más que alguno sí les tocó.

José Núñez López, enero 2015

Peripecias del apicultor novato. El cerificador solar.

“Belisario y el cerificador solar”.

El cúmulo de cera de desopercular crecía en proporción a la cantidad de miel de cada cosecha. Anualmente, me visitaba un comprador ambulante, Belisario por más nombre, que pasaba con un burro recogiendo toda la cera que tuviera a la venta. El hombre me saludaba condescendiente como dándome a entender que me prestaba un gran servicio:

-“Hola, Pepe, ¿tienes algo por ahí de lo que quieras desprenderte?”

Y, a decir verdad, yo consideraba aquello un verdadero favor por liberarme de los restos pringosos de cera que, cuando no era así, terminaban siendo devorados por la polilla. De manera que me sentía compensado. Él debía entender mi liberación y me marcaba unos precios que, vistos desde aquí, resultarían irrisorios: 6 ó 7 pesetas el kilo, con lo que me ponía en las manos sesenta o setenta pesetas, que para mí, novato, suponían un añadido más al producto de mis colmenas.

En una ocasión recibí un catálogo de La Moderna Apicultura. En él me ofertaban el canje de cera pura por hojas laminadas. Me descubrió algo nuevo y muy interesante. Pero para ello necesitaba construir un cerificador solar, y en el libro de “La Abeja y la Colmena” de Langstroth encontré un modelo y ya no necesité nada más. Al cabo de una semana, ya había obtenido las primeras tabletas de cera pura tan amarilla y transparente como si fueran auténticas placas de ámbar. Me di cuenta inmediatamente de que cuanto más calentara el sol, más nítida resultaba… Cuando el pobre Belisario volvió al año siguiente y vio lo que él consideraba un invento mío, quedó totalmente fascinado. Palpó detenidamente con sus manos aquellas tabletas amarillas, abrió los ojos sorprendido y no pudo evitar un gesto de contrariedad. En aquel momento, sentí pena por aquel anciano contrariado. Poco sirvió que tratara de explicárselo.  Posiblemente acababa de descubrir entonces que también él estaba siendo la incauta víctima de un engaño. Dio media vuelta y no lo volví a ver nunca más.

Cerificador solar

Ilustración de «La abeja y la Colmena». L. L. Langstroth, 1943 (4ª edición)

cera

Últimas tabletas de cera fundidas por Pepe. Aún hoy, conservan su olor.

La primera partida que envié a La Moderna Apicultura fue la producción de tres años y creo recordar que fueron unos 45 kilos de láminas doradas y perfumadas, que, si he de decir la verdad, me costó bastante desprenderme de ellas. Más que un producto de marcado, parecían más bien una obra de artesanía. Al tiempo que el cerificador, había hecho una serie de bandejas de hojalata de diferentes formas y tamaños para recoger el goteo de la cera derretida, de manera que conseguía tabletas de gran diversidad. Creo que alguna debe de andar extraviada entre los artilugios que suele almacenar el recuerdo.

La Moderna Apicultura me notificó que era cera de gran calidad y, pasados unos veinte días, recibí facturadas por ff. cc. creo que unas cuatrocientas hojas de cera, dos rollos de alambre y unos quinientos espaciadores. Sólo entonces reconocí el verdadero valor de aquellos restos pringosos que me compraba a precios de vergüenza el pícaro… bueno, el incauto Belisario. Este intercambio con Madrid todavía se repitió varias veces más.

                                                              José Núñez López, diciembre de 2.014

Peripecias de un apicultor novato. Clienta inesperada.

Peripecias de un apicultor novato. Episodio décimo tercero.

«Una clienta inesperada.”

El año de la gran cosecha fue tal vez el único entre otros buenos y menos buenos que le sucederían después. Cuando comenté con mis familias la gran cantidad de miel de aquel año y la zozobra que me invadía ante la incertidumbre de poder darle salida, alguien me comentó como quien no quiere la cosa:

-“¿Por qué no hablas con tu tía Conce?”

Conce es la contracción familiar de Concepción, y Concepción era una de las hermanas de mi padre, al tiempo que mi madrina. Era una persona siempre dispuesta a la generosidad. Después de casarse, se había establecido en la población lucense de Sarria. Su marido era un gran emprendedor, y, tras comenzar abriendo un bar en el lugar menos imaginable de la villa con el que tuvo gran éxito, terminó montando una tienda de tricotar en la que confeccionaba todo tipo de prendas de punto. Proporcionaba trabajo hasta a tres o cuatro jóvenes y llegó a adquirir tal fama, que no daba abasto a confeccionar jerséis y chaquetas a medida para los hombres y mujeres de los pueblos y aldeas de la contorna.

Pero ¿qué tiene que ver mi tía Conce y los jerséis de punto con la miel? Os parecerá extraño, pero con cada jersey que salía de aquella tienda, marchaba también parte de las cosechas de mis colmenas en todo tipo de tarros, garrafas o cualquier otro recipiente. Cada cliente que venía a tomarse las medidas, dejaba ya sus tarros o sus garrafas para que se las llenaran de miel. En las estanterías de aquella trastienda, se mezclaban las cajas de las hilaturas con la más increíble diversidad de cacharros. Después de tanto tiempo, todavía no he llegado a saber si las gentes compraban la miel por los jerséis o encargaban los jerséis por saborear la miel de mis abejas.

A partir de entonces, jamás tuve problemas para deshacerme de la miel de mis cosechas. Al contrario, nada más que llegaba el mes de agosto, la tía conce ya me estaba reclamando la dorada mercancía, de manera que, cuando no era facturada por ff. cc., me encargaba yo personalmente de transportarla en dos o tres viajes con mi inseparable R-6. Si he de ser sincero, era esto lo que realmente me apetecía.

Es cierto que se trataba de un viaje de 115 kms., y, a primera vista, podría parecer un tanto pesado a lo largo de tortuosas carreterillas. Pero para mí, aquellas rutas por las primitivas comarcales N-536 y 546, aunque harto dificultosas, me resultaban sumamente atractivas, atravesando pequeños pueblos y aldeas o intrincados vericuetos entre pinares y praderías. Aquellos viajes estaban llenos de belleza y encanto, y, mientras avanzaba con mi dulcísimo cargamento, me dejaba embriagar por la rústica belleza del paisaje gallego. Mentiría si no dijera que disfrutaba tanto transitando por aquellos pintorescos parajes, como con el beneficio que podían reportarme los cientos de kilos de miel que transportaba en mi automóvil.

apicultor

… atravesando pequeños pueblos y aldeas o intrincados vericuetos entre pinares y praderías …

Años después, se construyó la carretera N-120 y el viaje resultaba mucho más cómodo y tampoco carecía de un bello atractivo. Aquellos viaductos cruzando y volviendo a cruzar, el río Sil, el Lor, el ferrocarril, de nuevo el ferrocarril, el Lor y el Sil, como si el ingeniero que los había proyectado se hubiera entretenido trenzando un magnífico tirabuzón de hormigón, agua y acero.

 De estas y más cosas tuvo la culpa mi clienta fiel… Ah, y mis abejas.

José Núñez López, diciembre de 2.014

Peripecias de un apicultor novato. Cosecha milagrosa

Peripecias de un apicultor novato. Episodio duodécimo.

“Una cosecha milagrosa”.

Sin apenas darme cuenta, mi colmenar había ido aumentando hasta aproximarse a las setenta colmenas, lo que, naturalmente, exigía al límite mi capacidad de dedicación, sobre todo, teniendo en cuenta el limitado tiempo que me permitía mi trabajo profesional. Sin embargo, mientras pudiera resistir, no estaba dispuesto a renunciar a mi proyecto. Sería como recortarle las alas a un pájaro que hubieras criado tú desde chiquito.

Para entonces, aquel primer extractor de cinc con la abeja dorada en un lateral había terminado totalmente desvencijado, el pobre. No estaba diseñado para tantas exigencias. Así que, aprovechando (y mal que insista en ello) mi condición de “manitas”, hacía algunos años que había construido uno de seis panales, mucho más estable y capaz de proporcionar mayor rendimiento. Paralelamente, también había tenido que ir aumentando poco a poco la capacidad de los depósitos de maduración, pues, salvo algunas temporadas realmente malas, las cosechas de miel parecían jugar a competencia con mis previsiones.

Como muestra, un botón. Recuerdo que aquel verano teníamos programadas las vacaciones al Grove para la segunda quincena de agosto. En previsión llevé a cabo la cata hacia últimos de julio. A medida que iba sacando los paneles de las alzas, me parecía que pesaban más de lo normal. No me equivocaba, porque, inmediatamente, me sentí desbordado y pensé en el milagro de la multiplicación de los panes. Terminé llenando cuatro recipientes de 200 l., lo que consideré una cosecha magnífica, teniendo en cuenta que, como ya he referido en otra ocasión, nuestra zona no se puede considerar altamente melífera. Antes de marcharnos a Galicia, volví a colocar las alzas en las colmenas, con el fin de que, al regreso en septiembre, las abejas hubieran limpiado los panales para su mejor almacenamiento en invierno.

Mal me imaginaba yo lo que me aguardaba al regreso de vacaciones. Tras unos días de reposo, allá por el día doce o trece de septiembre, tomé mi R-6, retiré los asientos de atrás para ampliar espacio, y, acto seguido, me subí al colmenar con la idea de recuperar las alzas que suponía vacías y limpias. Me esperaba una gran sorpresa. Nada más destapar la primera colmena, ya observé algo extraño. En la parte superior de los panales amarilleaba la cera nueva, lo que me hacía suponer que, por alguna extraña razón, las abejas habían continuado almacenando miel. “¡Que contrariedad!”, pensé. Abrí otra, y sucedía lo mismo. Tras observar las cabeceras de distintas colmenas, pude comprobar que mis obreras, las hacendosas empleadas de mi empresa, no habían dejado de trabajar un solo instante, en tanto que yo y toda mi familia nos habíamos estado solazando en las playas de la Lanzada y de La Toja.

Conicas de un apicultor novato. Alzas repletas de miel

Cuando me sucedía algo así, sentía una gran satisfacción, pero luego, en contra de lo que cabría esperar, cambiaba radicalmente. Al ver la gran cantidad de miel almacenada, comenzaba a sentir aquel agobio que solía invadirme ante la incertidumbre de no saber cómo deshacerme de ella. Para colmo, cuando logré hacer aquella segunda cata a mediados de septiembre, todavía salieron otros 400 kilos. No sabía en donde meterla y tuve que improvisar numerosos recipientes de todo tipo.

No veía salida a tanta miel y os aseguro que me sentí sobrepasado. No sabía qué hacer. Pero sucedió que, comentando lo sucedido entre la familia, alguien me sugirió inesperadamente el nombre de una posible compradora. Otro nuevo milagro. A partir de entonces se iba a hacer cargo prácticamente de la totalidad de mis futuras cosechas. No os imagináis qué peso me quitó de encima. Os hablaré de de ella en el próximo episodio. Vale la pena.

José Núñez López, Noviembre de 2.014

Peripecias de un apicultor novato. Colmena rascacielos

Episodio undécimo: “Rascacielos con ocupas”.

Después de varios años manipulando las abejas, había adquirido relativa experiencia y me consideraba capacitado, eso era lo que yo me creía, para cualquier tipo de apicultura intensiva o novedosa. Al mismo tiempo, contaba ya con un elevado número de colmenas, lo que me permitía arriesgar con nuevas técnicas por más que en el intento tuviera que sacrificar algunas unidades. Cree la gallina que por tener alas ya puede volar.

La colmena rascacielos del Padre Dugat.

De tiempo atrás, venía recibiendo catálogos de la editorial Gustavo Gili de Barcelona. Hojeando uno de ellos, descubrí el tratado del Padre Dugat “La Colmena Rascacielos”. La ilustración de la cubierta del libro me entusiasmó. Antes de quince días ya lo tenía en mis manos y, tras leerlo y releerlo con gran interés, aquella primavera me dispuse a llevar a cabo la experiencia. Elegí tres colmenas de las más fuertes y, siguiendo paso a paso las técnicas del libro, inicié la superposición de las mismas separadas por los respectivos excluidores. Al cabo de unos veinte días, aproximadamente, ejércitos de abejas entraban y salían en bandada por las respectivas piqueras, de manera que parecían atropellarse unas a otras. En comparación con el resto de las colmenas, la actividad resultaba impresionante.

Colmena rascacielos

Debo reconocer que la manipulación de las colmenas por el sistema Dugat requiere grandes esfuerzos. No obstante, yo era joven y, siguiendo las pautas del libro, la cosa funcionaba al pie de la letra, nunca mejor dicho, de manera que fui intercalando sucesivas alzas. Aunque nuestra zona no se puede considerar una región altamente melífera, recuerdo que llegué a incorporar seis, lo que venía a demostrar la efectividad del método Dugat y me hacía suponer una magnífica cosecha. Cuando consideré que estaba próxima a iniciarse la floración principal, puse el rascacielos en orfandad. A los pocos días, aquello parecía una especie de overbooking y las piqueras abiertas al 100% no eran suficientes para el ajetreo de las pecoreadotas, viéndome en la necesidad de ampliar las entradas intercalando pequeños listones entre las alzas.

Todo me hacía suponer que me aguardaba una  magnífica cosecha y me imaginaba la miel chorreando de los atiborrados panales. Siguiendo una vez más las pautas de Dugat, a la hora de la cata, retiré las alzas a un extremo del colmenar. Los panales, efectivamente, se hallaban a tope. A la mañana siguiente, las pecoreadoras deberían haber regresado a la colmena base y los panales se hallarían prácticamente limpios de abejas, lo que me facilitaría su traslado a la sala de extracción.

Pillaje en el rascacielos

Aquí vendría bien aquello de “El hombre propone…” El día siguiente me correspondía libre, pero por indisposición de un compañero, tuve que sustituirlo. Al recibir el aviso, creo que presentí la catástrofe. Efectivamente, cuando por la tarde me acerqué a ver lo sucedido, me llamó la atención una revolución extraña en el ambiente y pude comprobar con enorme disgusto que el peso de las alzas había mermado considerablemente. Alguien se había encargado de expoliar mis reservas de miel y hacer inútiles los esfuerzos dedicados a tan arriesgada aventura. Jamás me hubiera imaginado la capacidad de saqueo de las pilladoras. No volví a repetirlo nunca más.

José Núñez López, septiembre 2.014

Peripecias de un apicultor novato. Fabricación de colmenas.

Episodio décimo: “La máquina de serrar”.

A  medida que iba ampliando el colmenar, veía que las reservas de  material se me iban agotando. Necesitaba reponerlo. Por entonces aún no existían en la comarca tiendas especializadas en material apícola y pedirlo a Madrid, a La Moderna Apicultura, me resultaba excesivamente caro y no me lo podía permitir. Tampoco lograba encontrar por la zona carpinteros que se comprometieran a cortarme las maderas para las colmenas, pues comenzaba el boom de la industria pizarrera y en las carpinterías lo que primaba era la construcción de embalajes para la exportación, que les  proporcionaba grandes beneficios.

Entonces, no sé por dónde ni de qué manera, llegó a mis manos un catálogo de maquinaria de carpintería de una fábrica de Sabadell. ¿Debería pensar que fue de nuevo el azar? Entre su listado figuraba una pequeña máquina de serrar. Inmediatamente me puse en contacto con dicha casa, pero su precio me resultó inasequible. No obstante, me indicaron que tenían una delegación en Ponferrada, RODAMÓVIL concretamente, en donde podía ver el modelo en la realidad. Ni corto ni perezoso, una tarde me desplacé hasta allí y, tan sólo verla,  me di cuenta de que era lo que yo necesitaba.

No conseguía quitármela de la cabeza. Después de mucho pensarlo, me dije: “¿Por qué no puedo construir yo una similar?” Lapicero y cuaderno en mano, volví de nuevo a la tienda, y fingiendo un interés de compra, fui observándola detenidamente y reteniendo en mi memoria fotográfica cualquier mínimo detalle de aquella joya. Con la promesa de pensarlo mejor, abandoné la tienda e inmediatamente me metí en la cafetería más próxima, me acomodé en una mesa, abrí mi cuaderno y comencé a dibujar cuanto era capaz de recordar. Al cabo de una hora, tenía un croquis bastante parecido a lo que acababa de ver hacía unos instantes y regresé para casa con aquel dibujo como si trajera el plano de un oculto tesoro. Su construcción fue cuestión de muchos cálculos, ajustes y no menos paciencia, pero, cuando la hice girar por primera vez, sentí lo que creo que debió de sentir Víctor Frankenstein, cuando vio dar los primeros pasos al monstruo que acababa de crear.

Sierra para fabricación de colmenas

La vieja sierra de construcción casera

El taller de fabricación de colmenas

Al lado de la sala de extracción, existían otras dos habitaciones. En una instalé la máquina y en la tercera un pequeño taller, en donde terminaba de armar los cuerpos de colmena y alambrar los cuadros. El hecho de poder construir yo mismo mis colmenas, hacía que cada año tuviera reservas de cuerpos, fondos, tapas y cuadros, lo que me permitía disponer de material suficiente para las alzas o la captura de enjambres. A partir de ahora  era autosuficiente y tan sólo tenía que adquirir las láminas de cera. Para el abastecimiento de éstas, el cerificador solar fue otra soluc

A partir de entonces, aquella máquina fue mi gran colaboradora. Me facilitó el corte y cepillado de la madera necesaria para construir mis propias colmenas y seguir  ampliando mi colmenar. Todavía hoy, después de más de cuarenta años, continúa funcionando y personas tengo en mi familia que la utilizan de vez en cuando y me agradecen su disponibilidad. Por eso, cuando se me ocurre comentar que no es más que un trasto y que debería deshacerme de él, inmediatamente se pone en pie de guerra la  oposición familiar. Así que ahí continúa, esperando quién sabe qué.

José Núñez López, agosto 2014

Peripecias de un apicultor novato. Tiempo de enjambre

Ante todo, debo reconocer que yo nunca fui un buen comerciante y, a medida que crecían las cosechas de miel, me agobiaba verla almacenada en los decantadores. Así que, en cuanto efectuaba la extracción, trataba de deshacerme rápidamente de ella, de manera que, sobre todo al principio, siempre venía a caer en manos de compradores aprovechados que me la pagaban a precios irrisorios.

No obstante, cuando cogía en mis manos aquellos dineros, me parecían una auténtica fortuna que podía añadir a mi sueldo en la empresa en que trabajaba. Pero,  más que el rendimiento relativamente lucrativo, me satisfacía pensar que aquella era una hermosa ocupación que absorbía mi tiempo libre manteniéndome en contacto con la naturaleza.

 Tiempo de enjambre

Es cierto que la vida del apicultor resulta altamente laboriosa, sobre todo desde el inicio de la primavera hasta la recolección de la miel, por más que no deja de tener momentos maravillosos. Para mí el tiempo de la enjambrazón era una época fascinante, al observar aquella febril actividad de los enjambres, acarreando polen para el mantenimiento de la cría. Nada más acercarte a las colmenas, se respiraba un perfume embriagador, que no era más que la esencia concentrada de todas las flores del campo. Recuerdo que, nada más salir de mi trabajo habitual y sin apenas detenerme a descansar, marchaba al colmenar para observar si había salido algún enjambre y poder así recuperarlo antes de que levantara su segundo vuelo. Algunas veces, llegaba a localizar hasta tres o cuatro  Al principio, mi obsesión no era otra que poder incrementar el número de mis colmenas, por eso me entusiasmaba cuando encontraba hasta dos o tres. Resultaba hermoso descubrir entre la maleza aquella especie de racimos pardos, colgados de la rama de un árbol o de un arbusto cualquiera. Nunca dejaban de sorprenderme y me quedaba contemplando durante un tiempo aquel montón de abejas, tan agresivas en las colmenas y tan dóciles ahora, que hasta me permitían acariciarlas tranquilamente, entregadas como estaban a la custodia de su reina para conducirla a una nueva mansión. Os aseguro que es un espectáculo sobrecogedor, que sólo puede comprenderlo quien alguna vez ha tenido ocasión de presenciarlo.

Enjambre en una higuera

Enjambre en una higuera

Los alrededores de los colmenares suelen ser espacios rodeados de vegetación. El mío no era diferente. Siempre procuré que mis hijas estuvieran en contacto con estos misterios de la naturaleza. Recuerdo que, ya desde bien pequeñitas, los domingos por la tarde solíamos hacer nuestros paseos por las cercanías del colmenar, empujados por una especie de atracción que no queríamos evitar. Entonces sacaba el panal en que se hallaba la reina y, acercándome a donde ellas se encontraban, se la mostraba. Les hacía observar su gran tamaño, sus movimientos característicos y el cortejo de doncellas que la acompañaban por cualquier parte que se moviera. Me gustaba ver sus caras llenas de asombro, arrimándose con cierto resquemor a las entretenidas damiselas… ¡Recuerdos!

Perdonad que os haya importunado con estas reflexiones sobre mis experiencias personales, pero sólo pretendía revelaros algunas de las vivencias que ocuparon una gran parte de mi vida. El apicultor no es tan sólo un recolector de miel. Ser apicultor son éstas y otras muchas cosas que te hacen feliz sin que apenas te des cuenta.

Pero mañana debo hablaros de otras realidades.

José Núñez López, julio 2.014

Peripecias de un apicultor novato (VII).

Séptima entrega de las memorias de un veterano apicultor, en un pueblo de Galicia.

Las peripecias de un apicultor novato. Episodio séptimo.

Os voy a contar la anécdota de la que os hablé en el episodio anterior.  Llevaba apenas dos años con las colmenas instaladas en mi finca, pero algunos vecinos habían comenzado a quejarse, alegando demasiada proximidad a sus huertos y propiedades. Como os podéis imaginar, de nada servía que les hablara de polinizaciones. Un buen día se me presentó uno que, precisamente, era propietario también de un pequeño colmenar. Traía una parte de la cara hinchada como un bollo de pastelería recién salido del horno.

 -Oye, Pepe –me dijo en tono amenazante-, tienes que retirar de aquí las colmenas o vamos a terminar mal. Acaba de picarme una de tus abejas y mira cómo me ha puesto la cara…

-Hombre, me sorprende que siendo apicultor te quejes de las abejas –le repliqué-. Se queja el gallo de que le molestan las gallinas…

-Bueno, Pepe, no me jodas –dijo elevando el tono-, voy a ir al médico y, como me pase algo, vas a cargar con las consecuencias.

-Vete, vete –le contesté-, pero tendrás que demostrarle al médico que fue una de mis abejas la que te picó y no una de las tuyas…

Dio media vuelta y se fue rezongando, pero no volvió con la reclamación.

De todos modos, terminé trasladando las colmenas para otro lugar más distante del pueblo. Aún así, dejé pasar un tiempo para que no entendiera el tal individuo que lo hacía como consecuencia de su reclamación. Finalmente, encontré un buen asentamiento en la explanada de una antigua escombrera de tierra de una excavación, que para entonces estaba ya poblada de retamas y jaras. Mi R-6 me resultó imprescindible para el traslado. Era un lugar con muy buena orientación y el sol le daba a las colmenas desde el amanecer hasta las últimas horas de la tarde. Ahora podía dedicarme cómodamente a la multiplicación de mi colmenar, de manera que, con el paso del tiempo, llegué a tener allí más de sesenta colmenas.

Las peripecias de un apicultor novato. Episodio séptimo.

antigua escombrera … poblada de retamas y jaras

Pero de nuevo el azar parecía adelantarse a mis propósitos. Recién instalado en el nuevo lugar, coincidió que un vecino del pueblo ya mayor me comentó que tenía siete u ocho colmenas y quería deshacerse de ellas por no poder atenderlas. No lo dudé un instante y se las compré. Pero lo curioso fue que, con el lote de las colmenas, me ofrecía  el resto del material, entre el que había un pequeño extractor. Curiosamente, hasta entonces no lo había necesitado, porque lo único que había pretendido era multiplicar mi colmenar, pero seguramente que en el futuro me resultaría imprescindible.

Éste fue mi primer extractor. Estaba hecho de cinc y llevaba grabados en un lateral el nombre de La Moderna Apicultura con una enorme abeja dorada. Era  precioso. Lo instalé en la habitación de una vieja casa de mis padres y aquí tuvieron lugar realmente mis primeras cosechas de miel, que vendía fácilmente entre los propios compañeros de la empresa en donde trabajaba.

Esto sucedió durante algunos años, hasta que la producción comenzó a crecer.

José Núñez López, junio 2014

Peripecias de un apicultor novato (VI). Beneficios de la polinización.

Sexta entrega de las memorias de un veterano apicultor, en un pueblo de Galicia.

Las peripecias de un apicultor novato. Episodio sexto. Beneficios de la polinización.

Os había anticipado que, tras mi tropiezo a causa del pillaje, me esperaba otro nuevo contratiempo. Llevaba instalado apenas un año mi colmenar. Pero un mes antes de nacer mi primera hija, tuvimos ocasión de cambiarnos para otra vivienda que reunía mejores condiciones de habitabilidad. El propietario de la anterior, que a su vez era el dueño del terreno que ocupaban mis colmenas, contrariado por la pérdida del alquiler, me ordenó que desocupara inmediatamente su terreno. Era mal momento para hacer el traslado las colmenas, pues mediaba el mes de abril y las abejas se hallaban en plena efervescencia. Recuerdo que a duras penas pude demorar el traslado hasta el próximo  invierno.

Algunos años atrás, habíamos comprado una finca en las inmediaciones del pueblo, que, tras varias tentativas de explotación, habíamos terminado plantándola de cerezos, pues por entonces la cereza se cotizaba a buenos precios. Circunstancialmente, el verano anterior también había comprado un R-6, que, como es bien conocido, era uno de esos coches convertibles, que se adaptaban fácilmente a diversas funciones.

En la cabecera de mi finca existía una pequeña hondonada protegida del norte por una vieja pared y algunos viejos árboles, lo que hizo que me pareciera adecuada para situar mis colmenas. Ante el apremio del contrariado propietario del anterior terreno, decidí efectuar el traslado de las mismas. Mi R-6 me facilitaría sobre manera las cosas y, como contaré en sucesivos episodios, sería también mi transporte para las operaciones de la cata y distribución de las futuras cosechas de miel… Ah, y sin olvidar, para los viajes de vacaciones a las playas de Galicia con toda mi familia. Y digo toda, porque, sin tardar muchos años, terminamos siendo familia numerosa.

Así que, durante invierno siguiente y con no pocas dificultades, fui trasladando con mi flamante coche una tras otra las veintitantas colmenas a mi propia finca. Entonces ¿por qué negarlo? como apicultor me sentía orgulloso de mis logros. Mi finca, mis colmenas, mi coche… En primavera, cuando los cerezos se cubrían de flor, observaba entusiasmado la actividad de mis abejas y estaba seguro de que, a la vez que facilitaban la polinización de los jóvenes cerezos, almacenaban la miel que me regalarían al final del verano.

Polinización de un cerezo

Creía que, en mi faceta de apicultor, había comenzado para mí una etapa tranquila, un tanto bucólica, de ésas que cuentan ciertos autores en los libros especializados. Pero no fue así. No quiero suponer injustificadas envidias, pero sin tardar mucho comenzaron a surgir las protestas de ciertos vecinos, alegando que las abejas les resultaban peligrosas. Poco importaba que les hablara del beneficio de la polinización, pues aquellas gentes no habían llegado a comprender lo que eso significaba para sus campos y huertos.

A consecuencia de esta oposición, tuvo lugar una anécdota un tanto curiosa, que os contaré en el próximo episodio.

José Núñez López, mayo 2014